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miércoles, 16 de marzo de 2011

HISTORIA DE LA CUSTODIA EUCARÍSTICA





Para nosotros es habitual ver el tabernáculo o sagrario en el centro del altar. Pero no siempre tuvo esta ubicación e incluso hoy lo vemos colocado en una capilla fuera del altar mayor

PERIODO DE LAS CATACUMBAS
Sabemos con certeza, por el testimonio unánime de los Padres de los primeros siglos, que, durante las persecuciones, los cristianos conservaban en sus casas con adorante amor la Eucaristía. Al terminar la celebración eucarística se distribuía el pan consagrado que los fieles guardaban en pequeños vasos, o pequeñas cajas, para comulgar cuando sintieran necesidad.

viernes, 28 de enero de 2011

EL TABERNÁCULO O SAGRARIO

El canon 13 del concilio de Nicea (325), que sancionó que los penitentes próximos a morir no debían ser privados del viático eucarístico, pues así lo aconsejaba una disciplina canónica antigua, nos autoriza a creer que el uso de conservar la eucaristía en las iglesias debía remontarse a una época muy remota, por no decir apostólica. Esto se deduce fácilmente de lo que dice San Justino (I Afiol. 67): después de la misa dominical, los diáconos eran los encargados de llevar el pan consagrado a los ausentes; lo mismo se infiere de cuanto escribía San Ireneo al papa Víctor sobre que los presbíteros romanos acostumbraban a mandar la eucaristía incluso a los hermanos cuartodecímanos. El episodio de Serapión de Alejandría a mitad del siglo III viene a confirmar esto mismo: Serapión, poco antes de morir, recibe de manos de un muchachito el pan eucarístico, que por aquel conducto se lo enviaba el presbítero de la Iglesia. En todo caso es lícito suponer que la Iglesia haría por lo menos lo que hacían los simples fieles.

jueves, 23 de diciembre de 2010

LA CUSTODIA DELL’EUCARESTIA IL TABERNACOLO E LA SUA STORIA

Ab assuetis non fit passio, recita un antico detto: “non si fa caso alle cose abituali”; ed è, per noi, abitudine consolidata vedere il tabernacolo collocato al centro dell’altare. Non sempre ha avuto questa collocazione e anche oggi, dopo il Concilio Vaticano II, si ritorna, talvolta, a vedere il tabernacolo collocato in una cappella fuori dall’aula principale della chiesa o, comunque, fuori dall’altare maggiore.
Mi sembra utile tornare a ritroso nella storia liturgica percorrendo le tappe di una evoluzione sempre correlata alla storia dell’altare.
L’unicità dell’altare nelle chiese è attestata fino dal VI secolo, in seguito gli altari aumentano di numero ma rimane l’assoluto rispetto per la mensa dominica che esclude quanto è estraneo alla celebrazione del Santo Sacrificio. Verso la fine del secolo IX si inizia a collocare sulla mensa dell’altare, in modo permanente, un nuovo elemento molto significativo: le reliquie dei Santi. Si aggiungono ben presto altri elementi, tanto che agli inizi del X secolo un importante documento, di origine gallicana, conosciuto sotto il nome di Admonitio Synodalis, divenuto legge generale per tutte le Chiese d’occidente, prescrive che sull’altare “si devono tenere soltanto le urne dei Santi (capsae), l’Evangeliario e la pisside con il Corpo del Signore per gli ammalati; ogni altra cosa va riposta in un luogo conveniente”.