El culto de los santos confesores, asociado al culto de los mártires, es el otro elemento que abrió en la Iglesia nuevas vías al desarrollo litúrgico. El término sanctus (= sancitus, de sanere, encerrar), en su noción primitiva denota un lugar cerrado, reservado, donde la divinidad se ha manifestado de alguna manera. En el campo religioso, el término sanctus fue aplicado por derivación a aquellas personas, ya vivas, ya difuntas, tenidas en tan alta estima moral, que se creían como res sacra, porque en ellas Dios se había manifestado de modo particular. Sin embargo, el apelativo sanctus, en el sentido más moderno y litúrgico de la palabra, es decir, dado a una persona canónicamente inscrita en el catálogo de los santos, no se encuentra en los primeros siglos de la Iglesia. Hasta la mitad del siglo IV solamente los mártires fueron considerados sancti y tuvieron los honores del culto. Eran los cristianos perfectos, los verdaderos imitadores de Cristo, porque eran partícipes efectivos de su pasión, quienes, lavando en la sangre toda mancha, habían merecido ser admitidos en seguida a la visión de Dios, y en el último día serán, como los apóstoles, jueces, al lado de Cristo, de sus hermanos.
La Igleisa necesita de santos, lo sabemos, y ella necesita también de artistas hábiles y capaces; los unos y los otros, santos y artistas, son testimonio del espíritu que vive en Cristo (Pablo VI Carta a los miembros de la Comisión Diocesana de Arte Sacra. 4 de junio de 1967).
viernes, 28 de enero de 2011
EL CULTO DE LAS RELIQUIAS
Entre las manifestaciones del culto de los santos tiene particular importancia en la historia de la liturgia el culto de las reliquias. Este, aunque encuentra analogías sorprendentes con modos y formas usadas en la antigvedad pagana, tuvo exclusivamente origen en la idea de la gran dignidad del mártir y de la profunda veneración en que era tenido por los fieles. El antes referido Martyrium Polycarpí (156) nos trae el primer ejemplo y una prueba luminosa: Nos postea ossa illius (Polycarpí) gemmis praetiosíssimis exquísitiora et super aurum probatiora tollentes, ubi decebat, deposuímus. Quo etiam locí nobis, ut fieri poterít, in exultatíone et gandió congregatis, Dominas praebebít natalem martyrii eius diem celebrare... La veneración a las reliquias de los mártires juzgaba como una gran fortuna el ser sepultado junto a sus tumbas. Los primeros papas reposaron en el Vaticano junto al sepulcro de San Pedro. Son numerosos los epitafios romanos que hablan de difuntos inhumados ad martyres, ínter limina martyrum, ad sonetos, o bien junto a un mártir determinado. Paraoerunt sibi locum ad Hipolytum, ad sanctum Cornelium, ad sanctum Petrum Apostolum. Si muchos, sin embargo, ambicionaban este privilegio, muy pocos podían obtenerlo: Merita accepit sepulchrum intra limina sanctorum — dice una inscripción del 382 — quod multi cupiunt et vari accipiunt.EL CULTO DE LAS IMÁGENES
Se ha dicho muchas veces que el cristianismo primitivo se había declarado hostil a toda representación humana, plástica o pictórica, sea por heredera de la tradición judaica, la cual, especialmente en el tiempo de Jesús, se mostraba muy severa sobre el particular, o por natural reacción contra la descarada idolatría dominante. Se trata, por el contrario, de una leyenda que el estudio sistemático de los monumentos primitivos, y en particular de las catacumbas romanas, ha desmentido de lleno. Los artistas cristianos comenzaron muy pronto a retratar sobre las bóvedas las paredes de los cementerios y de las domas ecclesiae, y a veces también sobre los pavimentos, un complejo de obras figurativas: escenas bíblicas y evangélicas, escenas litúrgicas, símbolos de Cristo, profetas, mártires, la misma Madre de Dios con el divino Niño entre los brazos y hasta héroes mitológicos interpretados en sentido cristiano. No se trata ciertamente de pinturas delineadas con el fin de un culto litúrgico propiamente dicho, pero prueban que el principio de la iconografía sagrada era amplia y pacíficamente admitido por la Iglesia.
LA LITURGIA, EXPRESIÓN DE LA FE
Para profundizar mejor en el concepto de liturgia, darle el relieve que se merece y valorar su importancia real en el campo de las disciplinas eclesiásticas, es preciso examinar las principales relaciones que existen entre la liturgia y el dogma católico.
Hablando del culto en general, en el capítulo anterior hemos hecho notar que el culto en todas sus manifestaciones se funda esencialmente en las relaciones objetivas de dependencia del hombre respecto de Dios. Análogamente se basa también toda la liturgia cristiana en aquel conjunto de verdades sobrenaturales que, fundadas sobre motivos de la religión natural, forman el credo del cristianismo. Dios, en su inmensa realidad, uno y trino; la creación, la Providencia , la omnipresencia divina; el pecado, la justicia, la necesidad de la redención; la redención, el Redentor y su reino; los novísimos. La liturgia es la expresión pública, solemne, oficial del culto: "Es nuestra fe confesada, sentida, suplicada, cantada, puesta en contacto con la fe de nuestros hermanos y de toda la Iglesia. " El dogma es para la liturgia lo que el alma al cuerpo, el pensamiento a la palabra; de donde decía el salmista: Credidi irropter quod locutus sum. Y San Pablo: Hab entes eumdem spiritum fidei credimus, propter quod et loquimur.
DEFINICIÓN DE LA LITURGIA
La definición que, según nuestro parecer, es la más exacta. Con la encarnación, Cristo ha inaugurado en el mundo, por medio de su sacerdocio, el culto perfecto al Padre, culminado en el sacrificio del Calvario. Cristo ha dispuesto que su vida sacerdotal fuese continuada a través de los siglos en su Cuerpo místico, la Iglesia , la cual, en efecto, la ejercita ininterrumpidamente mediante la liturgia.
Se sigue de aquí que la definición exacta de la liturgia no puede, en su esencia, ser otra que ésta: el ejercicio del sacerdocio de Cristo por medio de la Iglesia ; o bien, en términos distintos, pero equivalentes, el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo, Cabeza y miembros, a Dios.
En esta definición debemos distinguir tres elementos:
1. ° Un elemento invisible, espiritual, que constituye como el alma de ella, fijado por el mismo Jesucristo, primero y verdadero autor de la liturgia. Este elemento es la gracia, es decir, la misma vida divina, merecida y comunicada a los seres humanos a través de su sacrificio. Así, pues, se puede decir que la liturgia actualiza en todo instante y en todo punto del globo el sacrificio, porque su centro es la misa, acto misterioso que, por encima del tiempo y del espacio, renueva para nosotros la ofrenda suprema hecha por El en el Calvario. Y de la misa, como por una mística irradiación, reciben los sacramentos su virtud propia, conductora de la gracia a los corazones de los fieles. He aquí por qué los sacramentos, especialmente en la antiguedad, se presentaban estrechamente unidos a la misa. El bautismo, el sacramento del orden, la comunión, la bendición nupcial, manifiestan esta última relación con la liturgia.
NOCION DE LA LITURGIA
Liturgia, según el sentido etimológico ληιτον έργον (publicum opus, munus, ministerium), en el uso corriente de los clásicos griegos entraña el concepto de una obra pública llevada a cabo en bien del interés de todos los ciudadanos.
En las ciudades griegas, y especialmente en Atenas, los que poseían un censo superior a tres talentos estaban encargados por turno, lo mismo en la paz que en la guerra, de un conjunto de diversas prestaciones (λειτουργίαι), los cuales, mientras se hallaban investidos de honores y de cargas, redundaban en beneficio de todos los ciudadanos. Así eran, por ejemplo, la organización de una fiesta pública (χορηγία), la representaciσn oficial de la ciudad en los grandes juegos nacionales (γυμνασιαρχία), las consultas oficiales en el orαculo· de Belfos, etc.
miércoles, 26 de enero de 2011
DOM GUÉRANGER, PALADÍN DE LA LITURGIA ROMANA
Nada podemos comprender acerca de la restauración litúrgica en Francia ni sobre el Movimiento Litúrgico sin entender la personalidad y la obra de Dom Prosper Guéranger. Y no lograremos ensamblar nada de la complicada concatenación de eventos de los que él fue protagonista, sin perfilar unos trazos de su carismática figura.
En los últimos años las publicaciones sobre su figura afortunadamente no han dejado de sucederse. Los trabajos realizados por Dom Paul Delatte en 1902 y Dom Louis Soltner en 1974 se vieron hace muy poco tiempo renovados por la abundante documentación que Dom Guy-Marie Oury recoge en la reciente biografía consagrada a Dom Guéranger (“Dom Gueranger, moine au coeur de l´Église”.Editions de Solesmes. 2000, p. 489- Dom Gueranger, monje en el corazón de la Iglesia ).
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