jueves, 30 de mayo de 2013

EL ROQUETE



Su origen histórico es antiquísimo, pues si bien su nombre actual latino, rochettum, no se documenta hasta 1220, en un inventario de la parroquia de Ruscomb en Inglaterra, como prenda es sin duda muy anterior, dado que en documentos del siglo IX ya aparecía citada en Roma una vestidura blanca que recibía el nombre de camisia, cuyo uso quedaba reservado a sólo ciertos eclesiásticos. Este primitivo roquete era prenda talar; así se desprende de la exigencia del sínodo de Tréveris de 1238, que reclamaba que llegase hasta los pies; algo similar expresaba en el de Colonia de 1260, donde se instó a que fuese tan largo que no permitiese la visión de las prendas inferiores. De esa misma centuria existen testimonios que confirman que el usado por el papa era de tal largura que incluso debía de serle levantado para caminar. Sin embargo, de una atenta visión de las pinturas de la baja Edad Media y Edad Moderna podemos deducir cómo esta versión talar se fue paulatinamente acortando hasta adquirir la forma actual.

El proceso se inicia durante los últimos años del siglo XIV y a finales de la siguiente centuria ya era común que el roquete terminase apenas una cuarta por debajo de la rodilla, justo sobre ésta o incluso ligeramente por encima durante los siglos XVI y XVII, e incluso aún más corto ya en el siglo XVIII. Además, a partir del siglo XVII, el roquete, que inicialmente no había sido objeto de particular ornamentación más allá de su eventual rizado, comenzó a recibir decoración de encaje en hombros, puños y ruedo, que en algunos casos, como frecuentemente sucedía con los prelados franceses, llegaron a consumir buena parte de la prenda, con ruedos de encajes altísimos y puños que alcanzaban media manga. Con todo, el modelo clásico del papa nunca llegó a estos excesos, manteniendo un ruedo de encajes más bien estrecho, del mismo modo que los roquetes de los canónigos y canonesas regulares permanecieron privados de toda decoración. Por comodidad, estas puntillas están generalmente dotadas de un forro del color correspondiente a la sotana coral, como ya vimos al tratar el alba, lo que no obsta a que algunos canónigos sin derecho a sotana coral de color o incluso simples clérigos, hagan uso de estos forros, o que, como volvemos a ver ahora de tanto en tanto, el papa los utilice dorados en las bocamangas de su roquete. Aunque parezca difícil de encajar en nuestras simplificadas categorías mentales postmodernas, hasta la dimensión y diseño de estos encajes ornamentales llegó a estar regulado por algunos decretos.

Esta forma que hemos visto cómo se ha ido puliendo con el paso de los siglos hasta quedar en una prenda en todo semejante a un alba acortada, es la que nos ha llegado hasta nuestros días. La facilidad que nos proporciona el medio digital para ilustrar profusamente nuestras palabras con imágenes hace innecesaria más descripción, si bien acaso convenga mencionar que, pese a su parecido con la sobrepelliz, especialmente con la versión romana de ésta -la llamada cotta-, una característica lo diferencia netamente de aquella, la estrechez de sus mangas, que en el roquete se ajustan perfectamente a la sotana y llegan hasta el puño. Por último, señalar que al cuello se cierra bien con botones y ojales, con un broche, con cintas de seda o con un fiador, como es frecuente en España. El del papa está dotado de cintas de seda, pero rematadas por borlas doradas.

Quienes tienen derecho al roquete lo llevan en el coro, en las procesiones y para la predicación siempre sobre la sotana coral, e ineludiblemente bajo el mantelete o bajo la muceta o la capa magna o incluso bajo la muceta y el mantelete. Para la misa puede conservarse bajo el alba, si bien esto sólo suele acontecer si el prelado celebra la misa pontifical. Para administrar pontificalmente los demás sacramentos, el roquete se cubre con el amito y la capa pluvial, más si lo hace more sacerdotali, sólo le sobrepone la sobrepelliz, si bien esto último lo tendremos que matizar cuando concluyamos este artículo, al haberse alterado estos usos seculares tras las simplificaciones vestimentarias postconciliares. Cuando el color y la materia del traje coral eran sensibles a la penitencia y el duelo, esto es, antes de las aludidas simplificaciones postconciliares, el roquete alteraba su forma, eliminando los encajes, de los que, como mucho, sólo podía quedar vestigio en forma de remate de apenas dos centímetros en puños y ruedo.

Hay que advertir que esta prenda coral no es sólo signo de dignidad, sino también símbolo parlante de jurisdicción. Con esta intención, el concilio IV de Letrán pide a los obispos que utilicen el roquete -superindumenta línea viene denominado- incluso fuera de la iglesia, solicitudes que también encontramos en el Concilio de Toledo de 1473, donde se exhorta a que el obispo lo lleve en público, lo que posteriormente recogería en 1565 el I Concilio de Milán, para terminar quedando codificado su uso en el Ceremonial, ya en 1600. Una sugestiva anécdota de apenas diez años antes, que conocemos a través de Pompeo Sarnelli, relata que cuando en 1590 el cardenal Castagna fue elegido papa como Urbano VII, al momento de tomar el roquete dijo suspirando “Chi crederebbe che una cosa di tela tanto leggiera pesasse tanto!”. Hoy, casi desaparecido del común conocimiento este carácter jurisdiccional de la prenda, sería incomprensible para muchos semejante lamento papal. Como también nos puede llegar a parecer hasta surrealista, con nuestra miope visión actual de la historia, cuanto aconteció en 1625 en París, adonde había enviado Urbano VIII a su sobrino, el cardenal Francisco Barberini, como legado a latere para negociar una solución al enconado asunto del Valle de Valtellina. Allí el cardenal recusó admitir a su presencia a los obispos de la corte francesa que llevasen el roquete descubierto, y éstos a su vez rechazaron presentarse con la prenda oculta por el mantelete. Y en esas estuvieron su tiempo sin recibirse, hasta alcanzar un acuerdo salomónico que permitía a ambas partes no dar su brazo a torcer: Entraba el obispo con roquete, hacía el ademán de retirárselo, al tiempo que el cardenal le decía algo así como “no por Dios, no es necesario”, y todos tan contentos. Es sin duda un ejemplo más de esa unión casi perfecta, tan característica del antiguo régimen, entre el fondo y la forma.

Sólo en relación con la importancia que le imprime este carácter jurisdiccional se alcanza a entender que de todo el traje coral episcopal fuese la única prenda que, según el antiguo Caeremoniale Episcoporum, recibía el nuevo obispo directamente de manos del papa si el nombramiento acontecía durante la estancia en Roma del sacerdote preconizado. No podemos olvidar tampoco a este respecto la elocuencia significativa que supone ver a un obispo cubrir su roquete con el mantelete o dejarlo visible bajo la muceta, dado que, según el uso romano, los obispos titulares ocultan sistemáticamente su roquete bajo el mantelete, como también lo hacían así los residenciales cuando estaban fuera de su propia diócesis -o el metropolitano de su provincia-, y aún dentro de la suya ante un legado apostólico, como sería el caso antes citado del cardenal Francesco Barberini. Con todo, este lenguaje romano del roquete no era completamente universal y no pocas veces quedó sujeto a variadas interpretaciones y usos locales -como por ejemplo sucedía en España-, así como afectado por la confusión que introducían tanto los numerosos indultos para su uso, como por el hecho de que los prelados religiosos no tuviesen en principio derecho a vestirlo. En relación a este particular, discuten los autores la razón última que lo justifica. Ésta podría remontarse al Concilio de Constantinopla de 896, que mandó que los obispos religiosos llevasen el traje de su propia orden, lo que confirmó siglos después el Lateranense IV. No formando el roquete parte del hábito religioso, no harían entonces uso de él estos obispos, quedando a la postre excluida la prenda de los trajes episcopales que, manteniendo el color del propio hábito, adaptaron su forma a semejanza de los prelados seculares.

Por último, y llevado por ese utópico afán de agotar los temas que aquí analizamos y exponemos para el querido lector, no querríamos dejar de mencionar algunas particularidades que se dan en el uso del roquete por parte de los cardenales, que ya vimos que hacen ostentación de esta prenda en cualquier territorio, salvo en la Diócesis de Roma, donde lo cubrían con el mantelete, mas manteniendo la muceta. También esta norma tenía sus excepciones que denotan jugosos detalles jurisdiccionales, así, los cardenales deponían el mantelete en su propio título o diaconía, así como en sus propias estancias e incluso en las estancias de otro cardenal si éste le invitaba cortésmente a ello. Durante el consistorio de creación, los nuevos cardenales han asumido siempre el roquete en la habitación del cardenal secretario de Estado, antes de recibir del papa la birreta, tras lo cual volvían a su palacio con el roquete pero aún no lo utiliza al recibir. En las visitas que recíprocamente se hacían el neocardenal y el cardenal decano, el visitado invitaba a descubrir el roquete al visitante, haciéndole quitar el mantelete. Por respeto al papa esta ceremonia no tenía lugar en el Palacio Apostólico. Sólo durante la Sede Vacante deponían los cardenales el mantelete, mostrando el sencillo roquete de luto, de cuyas características y uso nos ocuparemos en otra ocasión.

0 comentarios:

Publicar un comentario